Mis muertos post-punk

Kirchner fue siempre un desconocido, inclusive para aquellos que nos hicimos kirchneristas aún antes de votarlo por primera vez. La emergencia caótica, desprevenida, esa propia de un país demasiado institucionalista, demasiado corporativo como para permitir que el aliento popular cobre forma más allá de los límites de la mesa chica, parecía ser la forma más o menos aceptable con la que se podía llenar el hueco de la devastación, el ground zero de una canción incompleta que todos habíamos aprendido a cantar en medio de una percusión latosa. Que se vayan todos, que venga un desconocido. Una melodía, algo, envolvía a ese candidato ignoto que en mi recuerdo fue volviéndose alguien en la nebulosa de los días previos, esa que encierra a un familiar pidiendo en la mesa de fin de año en Haedo que se quede Duhalde un año después del que se vayan todos, en la curvatura de la espalda de Galasso asegurándonos que la familia Kirchner pertenecía al progresismo y que se fue solidificando después, con la frente abierta del mosh del 25, de la tarde que recuperamos la Esma y de las tapas de Página que, como nosotros, los decembristas, nos cocinábamos en el caldo de los símbolos y las necesidades.

No podía haber consenso. No podía ganar con más del 22% alguien que no existía, que no pertenecía, que era puro presente.

Y ahora que saltamos de la incredulidad a las puteadas a Cobos como una forma de mantenerlo vivo y de la desolación al balance, surgen las preguntas. ¿Cuándo te hiciste kirchnerista, hijo? Tantos años quejándote de que el kirchnerismo no existía, de que no había base social para venir a descubrir, una vez consagrada la muerte inesperada, que el kirchnerismo no existía porque existía Kirchner. Kirchner era el piso pero también el límite: el límite del pragmatismo, de los gestos, de las marchas de la bronca (sí, que se vaya Clarín, que se vayan todos) tanto que a veces te obligaba a querer matizar, un verbo que ya no existe y que, como todos los análisis hechos en las horas previas, pertenece a otra era.

Lo puteaste, lo vivaste, masticaste errores y cantaste tantos aciertos que su obituario es imposible, como esos suplementos de homenaje post-mortem guardados por las dudas en el cajón más a mano de las redacciones militantes: el rosario de conquistas y logros repetidos ad aeternum para asentar las convicciones de un proyecto que caracterizó su fuerza en esa insolente e inesperada capacidad de resurgir y convertir. Casi como una religión. Resurrección, Conversión. Una cruzada de los porcentajes. Votos. Reservas, Superávit primario. Índices de aceptación. Kirchner fue como mi abuelo: un hombre obsesionado por enseñarme las tablas de multiplicar.

Poner la política otra vez sobre la mesa no es necesariamente una virtud del Estado; ser la política que se discute sobre la mesa, sí. Inclusive aquellos que lo puteaban, lo odiaban, limpiándose el chimichurri de la comisura y bajando la entraña con un trago de López se sentían interpelados por sus políticas. Eran parte del kirchnerismo. El kirchnerismo fue a veces injusto, el kirchnerismo de Facebook fue injusto, pero le hablaba a todos, hablaba con el lenguaje de todos. El que tenía memoria, el que solidificaba su convicción humanista en la imagen dolida del otro, en los olvidos, en las agachadas, en las agendas y en el temperamento… En los logros. En el trabajo. Argentina es un país demasiado calvinista como para darse cuenta de esto sin que sea necesaria la mediación de una muerte.

Ahora chapoteamos. Sentimos una breve temporada de pax armada por venir pero no podemos asegurar nada. Afuera llueve. El cuerpo está arribando a su provincia de origen. Como una parábola que sólo puede ser afirmada en un blog -y a Kirchner le tocó ser el presidente de los blogs, de los comentarios anónimos- vemos cerrarse definitivamente aquel sueño alfonsinista de trasladar el poder central al Sur. No es Viedma pero casi. Ahí, en ese avión -nada más y nada menos que de las Fuerzas Armadas- enviamos una era al Sur. Esa forma que tiene la política para trazar las líneas del campo donde va a jugar y que Kirchner, decían, y nos gustaba, había venido a embarrar. Ojalá. Faltaba esta muerte para cerrar el panteón que se abrió mitológicamente cuando murió Alfonsín, cuando murió Mercedes Sosa, cuando el programa que kirchnerizó en vida a miles abría su cortina con el autor de la banda de sonido de la posguerra. Ahora fuimos todos. El 22% fuimos todos.

Chau Néstor.

Muchas cosas hemos leído y escuchado y anotado en estas últimas 24 horas. Por ejemplo: “Los imagino a muchos googleando desesperados Pedrazza + Magnetto para lograr enhebrar la puntada final de una teoría conspirativa que los dejara, al fin, dormir por la noche”. ¿De quién es la culpa? No está editado pero esto me rezuma a algo que dijo una vez Rubinich, algo que, puesto con mis palabras, pendula alrededor de la diferencia entre el lenguaje del político (como actor político) y del intelectual (como actor intelectual): no puede el intelectual (o pongan acá la categoría que mejor les resulte) replicar el lenguaje del político, el universo de significaciones al que su lenguaje, su retórica alude. Los intereses y los interlocutores del político son otros (entre ellos, sí, el intelectual) pero la tarea del que debe llevar adelante un determinado análisis, una determinada crítica es otra. No sé. Tal vez toda esta sangre que hace mierda la política venga a susurrarnos que hay que dejar de hablar de Clarín aunque sea por dos semanas. Si total nosotros también estamos pendientes de lo que Clarín omite, de los tiempos que se toma Clarín para pasar de la omisión al acto protocolar de “salir a decir algo”. Ya está: por un ratito volvamos a dejar que hablen los Mariotto de Clarín, que sólo las biromes que cruzan los cheques con que Spolszky paga a 60 o 90 días los trabajos terciarizados y precarizados de cientos de freelancers escriban sus caracteres sobre esta guerra que, ayer, a sangre, demostró que a veces las palabras no significan lo que dicen, que las palabras no hacen la política que evita estas tragedias.  No hay conjetura que cubra, ya no el cuerpo sin vida, o el dolor, sino las obligaciones y responsabilidades de quien tiene a su cargo eso que por ahora sólo nos sale decir que es “mucho más complejo” y de aquellos que, cuando más sirven, cuando más ricos son hacia adentro del proceso político, los empujan, los corren por izquierda. Ya no estamos posteando en Indymedia, cumpa.

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No sé para qué sirve un blog.

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Hará cosa de dos meses tocamos este tema con Charly Gr. en la mesa de La Perla. Después me subí al A para ver por qué un slot DDR no me tomaba una genérica de 1 GB que había pegado un día atrás. Volaron restos de polvillo, ácaros adheridos por años a los buses y circuitos integrados de una placa fabricada en Pertinax. A pocos metros C miraba la tele. Acababan de ganar las Leonas y la cortina de 678 lo anunciaba como otra-excelente-noticia. Todo bien, bien, bien…

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Jeremías es mi hermano. Es una de esas personas especiales a quienes le contás que se está por morir el mundo y él despierta y hace una cosa rara con la mente que termina por suspender el fin y devolvernos a la rutina larga y silenciosa que llamamos esperanza. O vida. Es bueno, bueno, bueno que existan cosas así.

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La web no es internet pero su muerte esconde el anunciado deceso de esa utopía liberal mal llamada web 2.0. Un sueño que ni siquiera llegó a concluir su mandato. No duró ni cuatro años. El usuario como generador de contenidos se transformará inevitablemente en un progrezombie que escribe en el Muro de un amigo virtual alargandoooo al infinito las vocales. Holaaaa. El apocalíptico supuesto de Anderson imagina a un consumidor que se asienta en aplicaciones cerradas y contenidos especializados: el que revisa los blogs desde su Android, el que lee Tiempo Argentino (ja) desde su iPad y el que llega a la casa y arma una lista de reprodución en el Audiogalaxy (!). La WWW es el sueño humanista amenazado de muerte, otra vez. El bloguero, el tuitero, el poeta que llegó a publicar gracias a sus posts elaborados entre 2006-2007 es un especimen hermoso que ni siquiera se tomó el trabajo de backupear lo que escribió. Los hijos que se vienen preguntarán ¿existieron? mientras se meten a una página vintage escrita sobre HTML revisión 4 y sacan de la bolsa la remera con el logo de Sun Microsystems que acaban de comprar en la Quinta Avenida. Hipsters go home.

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Hechos: Red Hat en la PC del Banco Nación / que liquidará tu jubilación.

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¿Existe la militancia 2.0? Creo que no. Existe una guerra por el control de la información, el dominio de los medios y la creación capitalista de demanda sumado a la necesidad de darle forma y contenido a ese santo de madera llamado Estado. Política clásica. ¿Qué le agrega a la política, al Estado, a la transformación social un grupo de una red social de un colectivo de fanáticos de un programa de televisión? ¿Le agregará pasión? Tal vez todo este sueño no haya sido más que un círculo cerrado caracterizado por tener demasiadas mediaciones. Tal vez no se termine nada. Tal vez haya que empezar otra vez.

07/10

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“Si una vez los activistas se definieron por sus causas, hoy se definen por sus herramientas”. Sin embargo hay en esa mirada cerrada, apocalíptica y levemente tecnófoba de Gladwell un gesto necesario: señalar que nada de lo que se dio en llamar 2.0 fue, es o será un partido político, una orga, ni un comedor estudiantil frecuentado por rojos. Más allá de la neutralidad de la red silenciosamente horadada por el monopolio de las API’s, esa misma que amenaza con devolvernos al lugar de simples consumidores de los contenidos elaborados por otros, el desarrollador de la página de Facebook de 678 no fue un agitador iniciático disparando en una pizzería de William Morris ni sus banderas tan grandes como para cruzar una plaza. Hasta acá acordamos. Pero como se debatió el domingo en Twitter bajo el hastag #radar20 “Gladwell parte de un equívoco y una verdad: poner a la tecnología delante del motivo es error, q redes existieron siempre acierto#radar20” Gladwell le habla a los ashton kutcher de a pie que elevan sus plegarias al cielo de la democracia por existir tuiteros en Moldavia o Persia dispuestos a mantener viva la llama de la rebeldía incluso pese a la Mordaza; les dice: “fijate quiénes son los dueños de los servidores, del shut down, quiénes pueden apretar el botón”. Pero nosotros, que conocemos a quiénes tuitean desde una marcha anti Chávez o adoramos las cuentas verificadas, lo sabemos: ningún lazo será débil en tanto se asiente en la égida sutil de algún poder real. No es sino cuando se debate el flujo cuando el medio parece el mensaje; cuando los periodistas se disparan a sí mismos, cuando todo lo que queda fuera de la noción de blog como inflador de tráfico o lugar propicio para enviar condolencias al cielo de los artistas es señalado como amenaza, cuando el Estado finalmente era ese rostro del fusilado que vive y agitó en su rumor los esqueletos decembristas y la militancia es el brazo de una política de capas altas que se asume primero como restauradora y luego como renovadora e instala el conflicto y demarca el flujo, entonces ahí quizás se pueda pensar mejor la militancia 2.0. Cuando la tecnología acompaña las formas coyunturales que adquiere el Motivo. Por eso es una pena que el suplemento cultural del primer y mejor diario oficialista prefiera traducir como “activismo” aquello que ya conocemos como “militancia”.

Hoover, avatar del mundo libre, es la caja negra entre la política y el periodismo. Si hay una escena primaria es la imagen de León Trotsky leyendo el Izvestia todas las mañanas al pie del cañón. El diario es instrumento, es propaganda, es información pautada, es negocio, venta de putas. En los sistemas de gobierno republicanos, la diversidad de la oferta provoca un efecto de libertad informativa: y lo que queda fuera de cuadro son las condiciones de producción y montaje, es decir, los intereses.

Acá tenés los pibes

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Ya vendrán tiempos más apacibles. Un día, cruzaremos el arco iris y volverán a reinar la armonía y la felicidad.

 

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